El solitario corredor de fondo.
Cuando la compañía es un lastre, mejor ir solo, se va mucho más rápido.

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El solitario corredor de fondo que siempre gana cuando llega al final. No tiene rival, pues no compite contra nadie, tan solo contra él mismo. Su soledad, no ejerce de enemigo, y sí, de buena compañía a lo largo del camino.

   Y el solitario corredor, sigue su carrera, mientras sus piernas van alcanzando ese nivel de movimiento, casi automático, que las hace avanzar sin tener conciencia de hacerlo, a la vez que el pensamiento fluye con toda libertad, para que el peor de los obstáculos, que es el de no creer en lo posible, se convierta en una barrera infranqueable.

                                                                                Sueños de corredor

Quizás a muchas personas al igual que a mí, les ha pasado, y también hayan tenido sueños en los que uno se ve corriendo mientras alguien o algo le persigue, sin embargo, resulta imposible avanzar por que los pies nunca tocan el suelo. Es la sensación como de correr en el aire, al menos eso es lo que parece, aunque es un poco complicado de explicar, ya que se trata de algo que no puedes comparar con una experiencia real, porque obviamente nunca la has vivido.

   No sé lo que el futuro a nivel de nuevas tecnologías nos deparará, puede que con el tiempo se pueda correr en el aire, así que no desespero para que algún día sea posible trasladar a la realidad, algo que solo está en mi cabeza,

   Los sueños son inexplicables, por lo menos muchos de ellos, por eso es bastante difícil saber el motivo por el cual, muchas veces se repiten y uno se ve haciendo un esfuerzo que resulta inútil porque no se avanza. Quizá no te quieres escapar de otros y sí, huir de ti mismo, y de ahí esa sensación de mover las piernas con tal frecuencia de movimientos que más bien pareces imitar a un pollo sin cabeza, pero por más que lo intentas, el desplazamiento se vuelve imposible, solo flotas y tus punteras nunca encuentran un apoyo firme. Jamás recuerdo como acaba el sueño, aunque quizá la explicación más lógica que tengo (si es que existe, en este asunto) es que, si realmente de quien quiero escapar es de mí mismo, creo que va a resultar misión casi imposible, de ahí que por mucho que agite mis piernas, por mucho impulso que mis músculos quieran darle a mi cuerpo y por mucha amplitud que pretenda alcanzar con mis zancadas, jamás me muevo del mismo sitio. Trataré de averiguarlo la próxima vez que mi sueño me vuelva a convertir en el atleta del espacio.


                                           ¡Subir los escalones de la existencia sin rendirse, no hay techo,

                                                el camino es interminable, ya que el cielo es el límite!


 Correr y vivir, carrera y vida. Algo que para muchos se convierte en dos acciones inseparables. Vivir corriendo, no es tan solo el hecho de emplear tiempo en la realización de una práctica deportiva, es una filosofía de vida. Incluso, y según la forma de pensar de cada uno, puede convertirse en una religión, y de hecho así lo es, para algunas culturas.

   Correr es una forma de superarse a uno mismo, un entrenamiento, una diversión, con la que se puede disfrutar sin depender de nadie, solo con tu propio esfuerzo. Optimizando al máximo todos los recursos que la madre naturaleza otorga a los seres humanos, a unos muchos, a otros menos, y a algunos, casi ninguno, por desgracia para ellos.

   Correr, también es desarrollar al máximo la propia creatividad, y durante el recorrido vamos dándole forma a todo aquello que se cuece en el interior de nuestra imaginación. Tiempo hay para ello, el camino es largo, y quedan por delante muchos kilómetros de asfalto…

   Correr es un sentimiento, y quien lo hace con frecuencia, dejando a un lado la competición (que nada tiene que ver con el placer de la carrera), va poco a poco aumentando su capacidad sensorial de individuo deportista, en lo que se refiere a sus emociones, tanto psíquicas como físicas, y es por eso, que quien corre por pura afición, se convierte en un devoto fiel de lo que hace, y se entrega plenamente a ello, con la máxima disciplina, tratando de conseguir con su actividad, alcanzar una mayor plenitud en el día a día de su existencia. Quizá las palabras, no expresen en toda su amplitud, el sentimiento de la práctica, pero más o menos, viene a ser lo expuesto, aunque no todo el mundo puede verlo de la misma forma, sobre todo, aquellas personas que jamás han corrido nunca, ni tan siquiera delante de un perro rabioso.

   Cuando, después de haber corrido unos cuantos kilómetros en mi rutina diaria, llego a casa, que siempre es el punto final de mi recorrido habitual, mi meta de siempre, no recibo los aplausos del público (excepto, los que tienen en su pareja un fan incondicional, que espera la llegada de su ídolo), pues no corro para competir, así que no puedo ganar a nadie (ni falta que me hace), y por lo tanto, nadie me va a dar el premio que se otorga al campeón, la recompensa, es el poder cumplir cada día, con el objetivo de salir a mover las piernas, ese, ¡si es un gran premio!, que sin duda, otorga una buena salud, acompañada de una bien entrenada condición física.

   Correr, se convierte en un deber, que tengo para conmigo mismo, y cumplirlo se transforma en algo que me hace sentir una profunda satisfacción interior.

   Las personas, que corren habitualmente saben sin duda alguna a lo que me refiero, cuando digo que correr, es una actividad, que lejos de extinguirse en el deseo de quien la realiza, se hace cada vez más intensa a medida que el tiempo va pasando.

   Cuando se corre en solitario, es frecuente ir hablando solo, aunque sería más apropiado decir que el corredor, sobre todo, cuando recorre una gran distancia, tiene una forma de desdoblamiento de la personalidad, que le hace mantener una especie de dialogo, con su otro yo, por decirlo de alguna manera, y que en los momentos de agotamiento excesivo, surge de las profundidades de la mente como ángel motivador (y a la vez salvador), para librar al sufrido corredor, de las garras de la rendición, y animarlo a seguir adelante para que consiga llegar al final del recorrido establecido.

   Si en el diálogo entre cuerpo y mente, es la segunda quien toma las riendas de la situación animando para continuar un metro, y otro, y otro más, el objetivo siempre es posible, ¿quién mejor que tu propio cerebro, para llevarte por el buen camino? (¡cuidado, que la mente humana, es muy retorcida, y también te puede guiar en dirección contraria!)

   La mentalidad para correr, es la que te lleva a salir todos los días, abandonando la cómoda zona de confort de tu casa, para exponerte al frío, al calor, a la lluvia o al granizo, incluso en ocasiones para putear un poco más, también aparecen algunos dolores musculares y así, complicar el asunto, o no te duele nada, pero estás preocupado por esos problemas que no eres capaz de solucionar, o triste, porque tu pareja, ya no está a tu lado (¡Katy me dejó hace unos días, y tengo incluso hasta pesadillas!, ¡vale tío, lo que tú digas, pero te jodes y te aguantas, o las dos cosas a la vez, pero no te olvides de que tienes que ir a correr…!), o es Hacienda, ¿quién sino?, que amenaza con tocarte los cojones (siempre lo hace), más de la cuenta, pero bueno, todo eso no es motivo, para no salir un día más a desplazar tu cuerpo y seguir…

   El cuerpo humano ha sido diseñado por la sabia naturaleza, para el movimiento, pero el hombre se ha empeñado a lo largo de los siglos, en crear todo tipo de inventos (salvamos todos aquellos, que han sido de eficacia evidente y en verdad positivos, para la humanidad en general), para que los perezosos sigan siéndolo, y también para que los más activos, dejen de serlo. Para ello han ido privando al cuerpo, de su derecho natural a mantenerse en movimiento la mayor cantidad de tiempo posible a lo largo de su existencia. Ejemplos hay muchos, sin ir más lejos el coche o el ascensor, pero cuando el primero se utiliza para ir al trabajo, que se encuentra a quinientos metros del domicilio, y el segundo se emplea, cuando se vive en el primero, ahí tenemos las causas (entre otras muchas), por las que el número de obesos está creciendo de forma alarmante en el mundo.

   Hablando de las muchas ventajas de hacer ejercicio, y en el caso que nos ocupa, correr de manera habitual y en cierta medida, con una actitud incansable, permite conocer al corredor, cuales son los límites de su propio cuerpo, algo que sin duda alguna, le sirve para no rendir por debajo de sus posibilidades (muchas veces, los límites están en la cabeza, no en las piernas), y de la misma forma, también para averiguar con más o menos exactitud, donde están sus limitaciones, para no pasarse, es decir, lo que viene siendo meter en la boca, más de lo que uno es capaz de masticar. Algo muy bueno para evitar una gran cantidad de lesiones de todo tipo.

   Son tantas las veces que voy corriendo y me siento tan bien, que en ese momento aprovecho para desconectar por completo de todo lo que me rodea, y solo permanece en mi cabeza la idea de seguir hacia adelante sin parar, devorando metros y más metros, que se van convirtiendo en kilómetros que se van sumando uno tras otro para alimentar mi insaciable apetito de asfalto recorrido. Y en todo ese proceso, me siento como si estuviera en esos momentos, completamente solo en el mundo, ¡yo, el único habitante del planeta, qué pasada! Luego, vuelve uno a la realidad (cada cual a la suya, más o menos dura), de la vida diaria.

   Y la carrera es como la vida, lo bueno siempre tiene un precio, y hay que pagar por ello. Si quieres estar en forma y mantener tu peso, más o menos dentro de los límites de la normalidad, ya sabes lo que has de hacer, dar suela, y a sudar, y sobre todo no ser excesivamente conformista, porque eso a la larga no lleva a ningún lado. Por eso no resulta demasiado rentable, correr, sin apenas esforzarse (para eso, mejor caminar, y así por lo menos, se tiene más tiempo para disfrutar del paisaje), o correr distancias demasiado cortas, en las que el presunto corredor, ni tan siquiera suda (no le da tiempo, teniendo en cuenta el ridículo trayecto realizado), y solo pretende engañarse a sí mismo haciendo ver que ha salido a correr para tranquilizar su conciencia de vago atormentado. Para eso siempre mejor, emplear el tiempo en otra cosa, por ejemplo leer un libro, que muy pudiera estar relacionado con la actividad de la que tratamos, para ver si al lector se le abre más el apetito, y el próximo día se decide a salir a correr una distancia que merezca la pena (más bien decente, se podría decir.


Correr es una forma de sentirse libre, no dependes de nadie, solo de ti mismo, si te paras no llegas.

                        El rodador

Lo que cada persona dedica a correr, va a estar condicionado por una serie de circunstancias, la principal, cuando se trata de gente que no hace deporte en plan profesional, o por lo menos en busca de alcanzar un determinado nivel competitivo, es sin duda alguna, la falta de tiempo libre disponible. Hay quien puede correr todos los días de la semana, mientras que otros tan solo pueden hacerlo algunas veces. Lo que desde luego, siempre resulta conveniente, es no permanecer inactivo más de dos días seguidos. Cuanto más largo es el descanso (salvo que existan causas físicas o médicas que lo recomienden), más disminuyen la ganas de correr, y cada vez costará mayor esfuerzo volver a calzarse las zapatillas de deporte para salir a la calle y ponerse a correr de nuevo.

   El cuerpo se adapta a casi todo, tanto para lo bueno como para lo malo. Sucede igual con la comida, cuanto más se come, más hambre se tiene y al contrario, a menor ingesta de alimento, menos te pide el estómago que le suministres. Corriendo, sucede algo parecido.

  Quien no está acostumbrado a correr, piensa con casi toda seguridad, que hacerlo como mínimo durante uno hora, puede resultar algo extremadamente aburrido, y no entiende muy bien que aliciente tiene correr kilómetros y más kilómetros. Lo que si es cierto, es que correr tiene que gustar. Al mismo tiempo, hay que poseer una gran capacidad de sufrimiento, ya que en caso contrario, siempre será mejor dedicarse a otra actividad física o deportiva que tenga un nivel menor de exigencia.

                ¿Por qué correr?

Corro, porque me apetece. Corro, porque me da la gana. Corro, porque me siento libre. Corro, porque es mi forma de ver la vida. Corro, porque disfruto haciéndolo, aunque sufra. Corro, porque siempre me siento acompañado de mi soledad. Corro, porque a pesar de los años que llevo haciéndolo, siempre descubro nuevas emociones.





“Sigue siempre adelante, no es tan difícil llegar a dar mil pasos bajo el sol”

  “Cuando hay hambre de kilómetros siempre resulta más fácil avanzar"



Mientras iba corriendo, me di cuenta que es más importante la distancia que falta para llegar hasta el final del trayecto, que el camino recorrido hasta ese momento, así que, desde ese día, nunca más, volví a mirar hacia atrás.

                    Desde el asfalto

Cuando sales a correr con frecuencia y te haces asiduo a determinados recorridos, acabas conociendo a mucha gente que hace lo mismo que tú, y con la que te cruzas día tras día. Son personas que acabarás saludando, incluso con un leve gesto con la cara, aunque probablemente nunca vas a intercambiar ni una palabra con ellas, pero siempre tendrás en común con esos desconocidos, la afición por correr y eso creará un mínimo vinculo que te hace sentir perteneciente a un grupo determinado, sin entrar en más detalles.


                     Tragando millas

Cuando se lleva tiempo corriendo durante una sesión habitual de actividad física, y el cuerpo se va agotando poco a poco, el corredor está deseando que llegue el final de la carrera, para dejar de correr y descansar, pero ese tiempo que falta para terminar (aunque tan solo sean unos minutos), se hace eterno, y hasta los cortos segundos se hacen interminables. Llega un momento en el que las piernas parece que dicen a gritos ¡basta! Sin embargo, si quien manda en el individuo es el cerebro (como debe de ser), le dice (más bien le ordena) al resto del cuerpo, que siga, que no se pare, que avance y le inyecta al esforzado atleta, una especie de fuerza extra, que de forma misteriosa aparece y que no se sabe a ciencia cierta de donde sale, pero que lo empuja a seguir adelante hasta llegar al final del recorrido previsto.



“La carrera se convierte en una ruta interminable, pero mientras tengamos fuerza para seguir avanzando, quiere decir, que seguimos vivos”










“A veces las piernas pesan tanto, que las zapatillas parece que son de cemento, pero, solo parecen, y en todo caso, imagina que tienes alas en la espalda…”


 
En la carrera de la vida, la competición es siempre con uno mismo, no contra los demás. El corredor cuerdo sigue a su sombra y el loco pretende adelantarla.

                 Manías de corredores

Hay quien prefiere correr solo, mientras que otros, necesitan compañía, todo depende de la disciplina mental de cada uno. La ventaja cuando la carrera se realiza en solitario, es que vas a tu propio ritmo, y siempre tienes la posibilidad de centrarte con más facilidad en tus pensamientos. Además, si se quiere combatir la soledad, nada mejor que establecer ese terapéutico dialogo interior, en el que con toda seguridad se descubren siempre cosas nuevas que en muchas ocasiones te llegan a sorprender.

   Correr con cascos para escuchar música y hacer la carrera más entretenida, es sin lugar a dudas una buena opción para combatir la llamada soledad del corredor de fondo, en especial cuando se hacen grandes distancias, aunque a veces cierto tipo de sonidos, más o menos estridentes, rompen el ritmo natural de la marcha, propio de cada deportista, y hacen que el esfuerzo no se dosifique de una forma proporcionalmente adecuada.

            Correr sin arrojar la toalla

Correr, y al mismo tiempo estar muy concentrado en tus pensamientos más profundos, tiene la ventaja de que muchas veces, puedes recorrer grandes distancias, sin casi darte cuenta. El tiempo te pasa más rápido y tienes una menor sensación de cansancio. Lo malo, es cuando se va pensando continuamente durante el recorrido, cuanta distancia queda para llegar al final, y con esa fijación mental, es cuando el tiempo no pasa nunca. Los segundos se vuelven perezosos, las piernas pesan como plomo y la motivación por correr va poco a poco esfumándose en el aire. Al final, la sesión de carrera del día, puede llegar a convertirse en una auténtica tortura. Así y todo, ¡no hay que pararse nunca, hay que ser mentalmente fuertes y llegar siempre a la meta establecida! (Y si no se puede alcanzar el objetivo corriendo, se va caminando o incluso gateando, aunque esto último pueda sonar un pelín exagerado).






“Voy siguiendo mi camino, los pies me llevan, mientras voy devorando el suelo, poniendo en ello mente y músculo. Y mientas voy corriendo, la vida va pasando, pero yo sigo adelante mientras el corazón aguante. Mis piernas avanzan y yo las sigo…”



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